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domingo, 20 de julio de 2014

Quien calla, otorga

Odio cuando las palabras se vuelven en mi contra y empiezan a raspar y a enrevesarse, y me desnudan con rabia ciega señalando mis estrías, riéndose de mi estampa: raquítica, blanda, pálida.
 
Odio las disculpas estudiadas de los pecados constantes: gasto inútil de palabras, vacua ocupación del silencio, ansia redentora en un entorno de tolerancia cero. No me queda compasión para ex-amantes con delirios de polla inquieta "ninfomanía" y empachos de "perdón" por la mañana.
 
Odio las chismosas opiniones formuladas en voz alta y con cadencia sagrada (Palabra de Dios) o de fórmula irrevocable que aseveran quienes no saben nada. Porque yo soy yo y mis circunstancias, como ya decía Ortega, y tú ni sabes ni padeces lo que yo puedo llegar a estar sintiendo.
 
Cuando te atragantas de tanta opinión no preguntada, de tata reflexión no pedida, de tanta realidad sin cocinar cruda y sangrante, recién matada a tiros y aún oliendo a humo... Prefiero el silencio y la ignorancia. Huele a humo y me estoy quemando. Cállate la boca. Yo soy bonita y lo seguiré siendo, a pesar de tus palabras audaces y tu falta de dominio lengüil. Yo soy bonita, con mis estrías, con mi blandeza, con mis palabras atragantables y la realidad que me devora. Y todo esto tú te lo pierdes.
 
Adiós, y más te vale sentirlo.
 
Remordimientos de verano I.
 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Pequeña

Otra vez te marchas y yo me quedo aquí pequeña. Me pesa cada kilómetro que nos separa y cada día que no te tengo para enfadarme contigo o para darte un beso. Me siento pequeña en tu ausencia, una hermana mayor desmembrada y patética que no sabe enfrentar su futuro, y que espera incansable tu vuelta. 

Sé que toca mover ficha, abrir el mapa y elegir destino, comprar un billete y vivir aventuras; pero parece tan difícil. No sé por dónde empezar, no sé si estoy preparada, sólo sé que hoy nos despedimos y que tú te vas lejos; y yo sigo aquí pensando, sin ninguna atadura y sin ninguna meta, mirando por la ventana la sonrisa de luna creciente que, amarilla, se ríe de mi insignificante existencia.  

Cuídate en mi ausencia, vuelve a casa, en algún lugar del mapa nos encontraremos. Te espero el próximo verano.

"Llevo tu corazón conmigo, lo llevo en mi corazón."


miércoles, 24 de julio de 2013

El hombre de los ojos tristes

Recuerdo las noches de bares y los días de playa y lluvia. Recuerdo tu alma de filósofo, de bohemio maduro, de tímido seductor de ojos vivos. Recuerdo también tus consejos, tu amor de padre, tus ganas de verano con sidra. 

El cielo sigue nublado; la noche se escancia de estrellas; huele a prado, a mar bravío; se escucha su romper eterno contra la roca; se arropa el tiempo… Pero ya no suena la guitarra en la playa, ni el sol explosiona en despedida. Los animales vuelven al redil mientras tu sonrisa se apaga, firme pero sin vida. 

No es fácil la vida de exiliado. Tus ojos me miran ahogados, líquidos en tu sonrisa eterna. Parece que los buenos momentos se diluyeran en ellos, y que la pena y la pérdida permanecieran allí congestionadas. La crisis arrasa con todo, nos maltrata el alma y los sueños, nos quita el trabajo, la familia, el verano de sidras y playa y lluvia y norte y estrellas. Los ojos exhiben la soledad de tu alma, brillantes, tristes y solos, a contrapié con tu alegría amable pero fingida. 

Te veo perdido, aquí en el fin del mundo, en el paraíso que antes te hacía sonreír hasta los ojos, y ahora te mantiene, atado a su tierra y a sus animales, lejos pero consciente del pasado, con miedo a un futuro falto de esperanza. 

Pero la última escena, al calor de un pitillo en una noche húmeda, filosofando como antes en tertulia, sin prisas, junto a tu hijo y una mujer a la que acaricias la mano debajo de la mesa, me devuelve el regusto tibio de la sidra, y pienso que todo podría ser peor y que tus ojos aún tienen tiempo para recuperarse, y ya parece que brillan menos, un poco más secos de pena.

“Es tan triste la noche que tu canción sabe a derrota y a miel”.



sábado, 7 de abril de 2012

Tarde de lluvia

Por esas tardes de lluvia, tristes y vacías, cuando leyendo un libro encuentras una hoja que te ha robado el pensamiento:
"-Vete a tu casa -digo, casi sin creerme lo que estoy haciendo-. Ya no hay lugar para ti en mi interior.
-No me lo creo.
-Es demasiado tarde, Stuart.
-¿Puedo pasarme el sábado y lo hablamos?
Me encojo de hombros, con los ojos llenos de lágrimas. No quiero que vuelva a dejarme tirada como un trapo. Ya me ha pasado muchas veces, con él, con mis amigas... Sería estúpida si permitiera que volviese a suceder.
-Me da igual lo que hagas."
Criadas y Señoras de Kathryn  Stockett